9 abr. 2009

Ibrahim 152


Me contaban de Ibrahim 152, que arrastra un nombre que lo define muy a su pesar. Un nombre que le engancha al origen de su vida, y que me demuestra que a menudo lo que me parece entender de lo que me rodea aquí no es más que una ilusión. Un lenguaje de parámetros sociales adoptados para que no nos veamos mutuamente como bichos verdes con antenas que hablan con sonidos irreconocibles.
Ibrahim tiene muchos hermanos. Por lo menos 151. Probablemente algunos más. Posiblemente no los conozca a todos. Ni a ellos ni a las 18 mujeres de su padre. Posiblemente ni siquiera su padre sepa mucho de sus hijos, aunque sea simplemente porque no tiene tiempo material para ello. Quizá su relación se limite a asegurarles sustento hasta que puedan trabajar y buscarles buenas uniones matrimoniales.
Pero esto no pretende ser una crítica al concepto familiar de ninguna sociedad africana. Igual de incompresible le podrían parecer a la familia de Ibrahim los divorcios express, los matrimonios entre homosexuales, o la soltería empedernida. Me parece una temeridad concluir que la prevalencia contemporánea de nuestro modo de vida occidental o que los profundos cambios en los que siguen inmersas muchas estructuras sociales que conservan sus raíces ancestrales, significa que la nuestra es una opción de vida más acertada. Es una visión demasiado simple y demasiado peligrosa. Las sociedades cambian cuando necesitan cambiar. Cuando el medio que les rodea cambia, y se ven obligados a modificar sus costumbres y modo de vida para sobrevivir. Ya sea por la presión de un cambio drástico en el clima que traiga desierto donde antes había un bosque, ya sea por la interrelación con otra sociedad que les ha inyectado en vena una sensación placentera, pero desequilibrando a la vez su habitual lenta y segura autorregulación como sistema.
Cuando parece que el mundo se está homogeneizando vertiginosamente, aparece África para recordarnos que aquí todos somos extraterrestres en un mismo planeta. Quizá esa es la grandeza de nuestra diversidad. La lucha por el entendimiento y la cohesión dentro de una infinita amalgama de detalles que definen la identidad de los múltiples mundos de los que formamos parte, diversos en cada uno de nosotros, y que nos permiten sentirnos individuos sin tener que viajar a la deriva por el universo en nuestra nave espacial.
El caso de Ibrahim 152 no habla de la RDCongo, su familia es de un país vecino. Pero gracias a el me he fijado más en lo que me es común con este lugar, lo que me une a él, y sobretodo en todos esos curiosos y pequeños detalles tan ajenos que cuando te acostumbras a ellos no parecen revelar tanto. Cosas como las estatuas llamadas policías de tráfico que, como pedigüeños en los semáforos, buscan el sueldo que el gobierno no puede proporcionarles. La forma de los atillos llenos del omnipresente carbón, más grandes que los bicicleteros equlibristas que los portan. Las canciones de los soldados que corren por mi calle los sábados por la mañana. Los montocitos de tomates a 500 francos del mercado local. El eterno carril intermedio de adelantamiento. Las caras inexpresivas pintadas en las paredes de las incontables peluquerías. Los hombres cogidos de la mano en señal de amistad. Los fajos de billetes sucios, rotos e ilegibles agitándose en las manos de los cobradores de busetas. Los árboles metálicos mostrando como adornos de navidad los bidones de dos litros de gasolina. O las minúsculas casetas y mostradores de venta de tarjetas telefónicas a un cuarto de dólar. Porque aquí todo se mueve en pequeñas cantidades. Porque se vive al día. Quizá porque no hay para más. Quizá porque para qué pensar en mañana, si mañana todo cambiará otra vez. Y no lo controlamos. Y habrá que adaptarse de nuevo.
Ibrahim 152 se presenta a si mismo como Ibrahim a secas. Tiene un buen trabajo de expatriado en una organización internacional, treinta y tantos, una única esposa. Y ningún hijo. Qué paradoja. El contraste entre su vida y su nombre simboliza la naturaleza adaptativa de la especie humana. Pero también el arriesgado y brusco vuelco cultural que sufre la mitad del mundo, arrastrado para bien y para mal por la otra mitad. Ójala tanto la una como la otra sepamos asimilar los cambios y sintonizar los valores sin perder la riqueza de cada identidad. Porque de momento sólo lo estamos haciendo medio bien.

1 comentario:

  1. harpox77@yahoo.es10 de abril de 2009, 1:18

    que cierto pablo...así sea, pero el hombre se empeña en hacer del sufrimiento un estado natural, no lo es. África es el último patio de recreo de las economías occidentales, aquel lugar donde aún puedes hacer el daño.. salir a la calle riendo hipocritamente y ser respetado a la vez...Ocidente ya no aprende de los demás, tan sólo los estudia y analiza como si fuesen muestras de una civilización aracaica, para rellenar revistas de antropología científica..es lo que tiene la arrogancia.Para ejemlos en mundo árabe...cuando nos respetaremos?..Gracias por tu elato, por cierto, maravilloso y increiblemente bien escrito..grande!
    Arthur

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