2 sept. 2011

Wajir, noreste de Kenya

Cuando llegamos a las escuela de Shantabaq, cerca de Wajir, unos doscientos niños esperan pacientemente sentados frente a las aulas. Pero hoy no es día de clase. Aún no ha empezado el curso, pero el gobierno ha mantenido abiertos los centros para que los niños sean alimentados. Así que, en lugar de llevar en la mano un cuaderno, llevan un plato, o una taza, o un cubo, o cualquier otro envase que sirva para contener los dos cucharones de papilla nutritiva que están a punto de darles las cocineras. Las mismas que esta mañana, como cada día, cargaron con varios bidones de agua durante tres kilómetros para poder cocinarla. Porque el alimento ha llegado, pero aún hay que instalar en el colegio un tanque de agua y asegurarse que nunca esté vacío. Y eso que aquí, al menos, hay una charca cercana que aún tiene agua, aunque como dice el maestro "sea muy salina, mala para cocinar y mala para los niños". Muchas otras comunidades dependen de las organizaciones que pagan por el agua trasnportada en camiones desde decenas de kilómetros. Hasta hace poco, algunas comunidades llegaban a costearse ellas mismas los camiones con lo que sacaban vendiendo su ganado. Pero ya es difícil ver una vaca por aquí, exceptuando las que yacen al borde de las charcas secas, claro. Parece que la papilla ya está lista, y algunos miembros de la comunidad organizan a los niños en filas. Chicas a una lado, chicos a otro. Algunos intentan, infructuosamente, enfrían debajo de un árbol la humeante taza, mientras otros deciden resignarse y emprender la vuelta a casa con la única comida del día entre las manos. Sin embargo, un grupo de niños permanece aún frente a la cabaña con los platos fríos. El maestro nos cuenta que "no esperábamos tantos niños hoy - mientras una niña tímidamente le mira expectante tapándose la cara con un plato por debajo del pañuelo - pero cocinarán un poco más para que ninguno se vaya con el estómago vacío". Eso sí, no nos engañemos; está situación no es nueva aquí. Ahora esta parte del mundo recibe algo de atención gracias a que comparten algo, las graves y recurrentes sequías, con los refugiados somalíes que salen en los medios, en un situación aún más dramática. Pero parece irónico que un conflicto, que es parcialemente una consecuencia de la extrema y permanente necesidad que sufre el cuerno de África, sea la única manera de que el resto del mundo se acuerde de ellos. En esta árida tierra, el olvido también amenaza con convertirse en crónico. Pero eso no se soluciona con un plato de comida.

19 jul. 2011

Qué hacer con cada nudo
y con el futuro incomprendido
cómo llevar a la última
esa cercanía universal
de lenguaje frustrado
y esencia incompleta

me enjaula como un paraíso
encendido
me encadena como una droga innata

te daré todo lo que no entiendes
te llevaré a las lagunas
sin palabras
allá en el mundo
donde residen nuestros sueños
donde el despertar se ahoga tras el silencio

si en sus márgenes físicos
de piedra y cristal
me preguntara, prematuro
volvería como un hombre nuevo
a compadecer la crueldad
de esos ojos
volvería a sumergirme en nuestras confusiones
recorrería el mundo hasta desaprenderte

21 feb. 2011

Ayti, 13 meses después


Cuando aterricé en Haití el 28 de Enero de 2010, con otros compañeros de Cruz Roja Española activados para la emergencia, mi primera impresión fue que no había señales cotidianas de recuperación, como pasa en otros desastres, más allá de los primeros días: máquinas de desescombro, gente viéndolas pasar, parándose un momento, charlando en la puerta de los comercios. Cuando regresaba a Madrid, siete meses después, las sensaciones no eran muy diferentes. Muchos niños habían vuelto a la escuela, eso sí, y algunos negocios reabrieron, pero se respiraba la misma atmósfera, tanto entre los haitianos como entre los expatriados: la de la imposibilidad de relajarse para no recaer en el día 0. Toda la gente en Madrid me hacía la misma pregunta: "¿se nota la ayuda internacional?, ¿ha mejorado algo?" Sí y No. La explicación consiguiente les relajaba la expresión confusa: "hemos conseguido que la cosa no vaya a peor, que ya es bastante". Me fui muy cansado pero satisfecho, después de un trabajo intenso y con el pensamiento de que, si habíamos estado viviendo a objetivos diarios, y cumpliéndolos, no debía frustrarme por la inevitable sensación de no dejar nada cerrado, nada solucionado. No en estas circunstancias. Hoy, siete meses después de mi partida, más de un año después del terremoto, estoy de nuevo en mi querido Haití. Y con la perspectiva del tiempo uno percibe que la cosa mejora, que la nueva normalidad no es la ideal, pero que está generalizada, y poder llamarla normalidad es ya un gran avance. Continúa el debate de si la realidad haitiana post-terremoto será un reto imposible o la única oportunidad para esta medio isla ubicada en el sitio equivocado. Pero, para alguien que haya vivido en algún país sub-sahariano, a Puerto Príncipe solo le delatarían los edificios aún por derruir y la cantidad de solares disponibles en el centro de la ciudad. Las calles están sucias, sí, pero menos que en los suburbios de Kinshasa. Las aceras están mucho más ocupadas de misceláneos puestos ambulantes, pero similar a cualquier lugar del mundo en que los datos económicos son una realidad virtual. Y los campos de desplazados siguen ahí, como en Darfur, o en Goma, o en Sáhara. Pero la diferencia es que estos no van a ser campos pequeños, emergencias permanentes. Y eso es lo bueno, que los haitianos se resuelven lo que las autoridades nunca les resolvieron y, gota a gota, los censos vana bajando. La gente encuentra una salida. Algunos campos ya tienen fecha de caducidad. Y los que se quedan, que también se conocen, no diferirán mucho de las favelas lationamericanas. Sí, sé que eso no suena muy alentador, pero es al menos un horizonte al que aferrarse y sobre el que impulsarse. Antes no había ni eso. Lo demás son problemas, tristemente cotidianos, de un mundo que no termina de despertar lo suficiente. Y si la normalidad ha llegado a los afectados, no podía dejar de hacerlo para los privilegiados que tienen la fortuna de trabajar aquí si sufrir esos males mayores. Y es que, al reencontrarme con mis compañeros de la delegación de Cruz Roja Española en Haití he tenido continuos deja vús: la implicación, el crecimiento, los discursos, la decisión al hacer un trabajo enorme, exigente, inevitablemente imperfecto y a veces frustante ante las expectativas. Pero también más auto-crítico, más organizado, más proyectado. Los que aún quedan de nuestras primeras hornadas (Pitu, Carmen, Gon, Dani...) están de salida, conscientes de que hasta ahora había que levantar el pájaro y coger altura, quemando combustible y presionando la cabina, pero también de que ya es hora de descansar y cambiar de pilotos. Pilotos que estabilicen el aparato y optimicen el vuelo para hacerlo lo más eficiente, completo y placentero posible para los pasajeros que no tuvieron más opción que confiar en recibir de nosotros el equipaje mínimo con el que construir un futuro en su nuevo destino. Solo esperemos que este nuevo Haití post-terremoto, con sus inversiones millonarias, sus planes macro y su inminente nuevo gobierno, les ponga las cosas más fáciles que el viejo. Hay opiniones para todos los gustos. Mientras tanto, mis compañeros, como tantos expatriados y locales que siguen en la brecha, irán sirviéndoles las herramientas para crear las oportunidades, o materializar las que surjan. Porque, al fin y al cabo, estaremos para eso. Ni más, ni menos. Y, qué demonios, ayer empezó el Festival Internacional de Jazz de Port-au-Prince. Parece una tontería, pero este son el tipo de señales a los que no podemos resistirnos en responder con una sonrisa y un suspiro de aliento cuando la cantante haitiana entona las primeras notas.

16 ene. 2011

Me gustó cómo te apañaste el pelo sin conocerme. Te notaba inquieta por el rabillo del ojo, con un punto nervioso que alimentaba mi sonrisa. Me recreaba en la sorpresa, en el regalo que te encontrarías. En tu intriga por saber quién soy. En la mía por descubrirte sin hablarte. Solo un rato en silencio, solo un par de guiños, casi involuntarios. Suficiente para regalarte aquel libro encendido. Suficiente y necesario aquel último día, aquella navidad alargada. Y tú moviéndote, llamando mi atención. Y yo haciéndome el interesante. Qué bien se me da. Todo correcto, contenido, hermoso, viviendo lo imaginado. El "qué hubiera pasado" sabiendo que no quieres que pase. Me quedé con el gozo de no saber tu nombre. Me quedé con esos gestos incompletos de no saber cómo ponernos para no mirarnos. Para no desatar algo que pa qué, si nos viene fatal. Si mejor ya no nos vemos más. Ni nos queremos. Mejor quédate con ese libro encendido. Suficiente recuerdo. Hermoso recuerdo.